El testimonio de Zenobia: la precariedad del periodista y la desinformación sobre la revolución siria

Por #periodismoreal | 21:40 Leave a Comment

Mi testimonio, aunque suene paradójico, es el relato de mi autocensura. Voy a dejar constancia del periodismo que no puedo ejercer. No daré mi verdadero nombre, pero me podéis llamar Zenobia, como la reina de Palmira. Soy una mujer como cualquier otra que inicia su andadura dentro del periodismo en un contexto lleno de obstáculos: crisis económica, desempleo, competencia directa con profesionales de alta experiencia, centralización de los medios de comunicación entorno a las grandes empresas, precariedad laboral, ejercicio multitarea y extinción de la corresponsalía; son sólo algunos de las dificultades que afronta un periodista recién licenciado.
Muchos de mis compañeros de carrera decidieron probar suerte en otros lugares del mundo y compatibilizan su trabajo con el estudio del master. Yo era uno de ellos. Hace menos de un año cogí un avión y me instalé en Siria con la esperanza de perfeccionar mi árabe. El propósito era quedarme un par de años hasta que fuese capaz de leer periódicos y redactar noticias en árabe para conseguir un empleo en cualquier parte, tanto en España como en el extranjero.
Mi meta es ser corresponsal en los países árabes y lo es desde mucho antes de que comenzara la mal llamada Primavera Árabe. Yo ya sabía que harían falta voces desde el otro lado, porque creía en mi facultad de conocer lo esencial de ambas culturas y me sentía una llave para la comprensión mutua.
Obviando los detalles que todo el mundo conoce, la Primavera floreció en Túnez. Luego, enseguida, en Egipto y más tarde en Libia. Parece que allí la primavera se acabó y un largo invierno se dispersó entre los demás: Yemen al borde de una guerra civil larga y sangrienta, Bahrein reprimida a sangre y fuego y la propia Libia, donde a pesar de que el número de muertos alcanza la escalofriante cifra de 10.000, Muamar el Gadafi se permite salir en la televisión estatal jugando al ajedrez.
Yo vivía pendiente del desarrollo de los acontecimientos que desataba esta gran ola revolucionaria con la esperanza puesta en el pueblo sirio. Primero, temía que Siria fuese una excepción, tal y como aseguró Bashar que sería. Luego, llegaron las noticias del levantamiento de Deraa y otras ciudades. “Son acontecimientos aislados”, pensaban unos. “Si este viernes no se manifiestan, todo habrá acabado”, decían otros. Pero al día siguiente, terminada la oración, salían de las mezquitas exigiendo reformas tan elementales como el fin del Estado de Emergencia o la Libertad de Prensa.
Al final, los hechos se sucedían tan rápido que apenas era consciente de que Siria se había convertido en el centro informativo de los medios de comunicación. Y yo quería contar lo que estaba pasando. Al fin y al cabo, era periodista y tenía la oportunidad de ejercer como corresponsal free lance. No contaba con la presión de la familia ni de los seres queridos que allí me protegían y que me aconsejaban que me fuese cuanto antes porque “las cosas sólo podían ir a peor”.
A pesar de todas las advertencias, yo me revelaba. Escribí mis primeras crónicas en facebook bajo un pseudónimo hablando del ambiente tenso que se respiraba los primeros días de manifestaciones. Mi ciudad se había convertido de la noche a la mañana en el gran foco de los conflictos. Hablaba del ruido de las balas durante la noche, el cierre de los locales durante el día, las filas de personas frente a los centros comerciales para comprar comida y la suspensión de las clases en colegios y universidades.
Nunca pude aventurarme e ir a primera línea de las manifestaciones. Allí, sin trabajo, dependía de los demás. Lo más seguro era estar siempre en compañía. Al mismo tiempo, era un gran riesgo moverse sola por la ciudad porque me exponía a las detenciones aleatorias que suele hacer el régimen para infundir el miedo. Se suponía que estaba allí para aprender árabe y haber asumido cualquier otro tipo de papel hubiese sido, para muchos de mis compañeros, irrelevante y peligroso.
Sin apoyos logísticos ni personales, tuve que darme por vencida a pesar de que volver significaba una profunda derrota profesional y emocional. Sabía que el régimen no dejaría entrar a más periodistas para informar sobre lo que ocurría y a otros muchos los detendría o los expulsaría del país, como efectivamente ocurrió. De haberme quedado, hubiese sido expulsada como los demás.
El miedo se percibía en el cibercafé que frecuentaba para mantenerme conectada con el mundo exterior. Los usuarios nos mirábamos con desconfianza, pensando si alguno podría ser miembro de la temida mujabarat (el servicio secreto del régimen). Contacté por facebook con algunas personas de confianza que me animaban a seguir informando y, a pesar de la presión, yo hacía lo que podía. Pero no me quedaba mucho tiempo.
Un día a mediados de abril, cientos de manifestantes, hombres, mujeres y niños, se manifestaron en torno a la plaza principal exigiendo el fin del régimen. A pesar de que la televisión estatal aseguraba que grupos terroristas armados estaban detrás de los enfrentamientos, la realidad palpable que viví era muy distinta. Aquel día todo el pueblo se había echado a la calle. Los manifestantes coreaban insignias que manifestaban su intención pacífica. Estaban reclamando sus derechos legítimos.
Aquella noche, escuché los primeros disparos. Se escuchaban por toda la ciudad. Oí a personas gritando por megáfonos “alahu akbar”, con voz aterrada pero firme. Salí al balcón. Había movimiento en el barrio. Un grupo de jóvenes gritaba: “Despertaos, despertaos, están disparando a los manifestantes en el centro, no durmáis!” Luego, empezaron a colocar cubos de basura en el extremo de las calles para taponar las entradas e impedir el acceso a un eventual intervención de las fuerzas del régimen para finalmente, hacer las primeras manifestaciones que no se veían en el barrio desde hacía décadas. Según las cifras que manejo, durante esos días al menos 30 personas murieron en la ciudad en la que vivía y otras 90 resultaron heridas .
No volví a ser testigo de una manifestación tan multitudinaria porque desde entonces, el miedo se hizo muy presente entra la población. Ni siquiera los niños están a salvo de las torturas, como sabemos por la terrible historia de Hamza al Jatib. Pero a pesar de ello, todavía siguen saliendo cada viernes desde el inicio de las protestas, en una demostración de valentía digna de admiración.
Aquel día supe que las protestas no tendrían vuelta atrás, pero también sospeché que aquella noche simbolizaba mi billete de vuelta a España. Fue duro tener que despedirse de todas las personas con las que había compartido mi vida durante varios meses. Me decían que podría hacer mucho más por ellos desde fuera que desde dentro, donde salir a manifestarse es arriesgarse la vida.
Me convencí que en España podría moverme con más libertad y apoyar todas las iniciativas que desarrollase la población civil española para denunciar lo que estaba ocurriendo. Pero cuando volví, la realidad era muy distinta de mis expectativas. En primer lugar, la gente con la que hablaba no se acababa de creer que el pueblo sirio se revelaba contra el régimen y comprendí que la mentira de que fuerzas extranjeras y grupos salafistas estaban arengando al pueblo en las protestas estaba mucho más extendida. En segundo lugar, los que confiaban en mi palabra me aconsejaban que no se me ocurriese hablar en público de todo lo que sabía o me expondría a posibles censuras e incluso a la persecución de los seguidores de Bashar al Asad. Tampoco me permitieron acercarme a las manifestaciones frente de la embajada siria porque cuentan que disponen de cámaras que fotografían a los manifestantes para luego no dejarles entrar en el país.
Los periodistas dentro de Siria no pueden desarrollar libremente su trabajo sin que los amenacen o los detengan. Es el caso de Samira al Masalma, una periodista del diario estatal sirio "Teshreen" que no supo o no pudo defender más el régimen que había asaltado su tierra natal Daraa, y que se atrevió a comentar que “alguien tendrá que responder por lo ocurrido” en una entrevista para al jazeera. Inmediatamente después, fue cesada de su cargo y públicamente no se supo más de ella.
Pero también los periodistas del exterior están expuestos a cualquier tipo de desinformación, ya que al prohibir la entrada al país no pueden contrastar sus fuentes. Así, es muy probable que cualquier información que intenta enviar mensajes de esperanza o acercarnos a la realidad que se vive dentro del país puede estar motivada por intereses ocultos. Es lo que pasó con la embajadora siria en Paris, quien supuestamente anunció su dimisión en la cadena de France24, para posteriormente desmentirlo y agregar que demandará judicialmente a la cadena de televisión.
También ocurrió otro tanto hace poco, cuando conocíamos el supuesto blog de una “lesbiana en Damasco” que había sido detenida por el régimen para enterarnos más tarde, que todo era producto de la imaginación de un norteamericano de 40 años llamado Tom MacMaster que se hacía pasar por Amina al Araf para, según cuenta en la última entrada, “crear una importante voz sobre asuntos que me importan enormemente”. Lo que MacMaster no sabe es que actitudes como la suya van en detrimento de los propios activistas que a diario tienen que enfrentarse a situaciones mucho más difíciles que las que explicaba en ese blog y que centrar la cobertura informativa en una mentira es la peor forma de ayudar al pueblo sirio.
Los medios de comunicación tradicionales, sin la cobertura informativa contrastada y constante que otorgan los corresponsales, se ven desgraciadamente abocados a publicar noticias de agencia que no profundizan ni contextualizan y eso siempre va en detrimento de la opinión pública y a favor del opresor. Así, al régimen sí le interesa la entrada de periodistas cuando se hayan cadáveres de supuestos miembros de ejército, mientras que por otro lado sigue negando el visado a los periodistas que lo solicitan.
Quedan, sin embargo, motivos para la esperanza. A pesar de lo poco que he podido hacer desde que he vuelto, espero que este testimonio sirva para denunciar el silencio que parece existir en torno a lo que está ocurriendo en Siria, muchas veces motivado por el miedo y otros, por la desinformación provocada por la censura del régimen en la guerra mediática que ha emprendido para negar lo evidente: que el pueblo quiere dignidad y libertad.
También es evidente el papel fundamental que están desarrollando las nuevas tecnologías en Oriente Medio, sin el cual hoy no podríamos saber lo que ocurre dentro del país. Los videos que los propios manifestantes graban con sus cámaras de móvil, se convierten cada vez más, en la única información de la que disponen los periodistas desvinculada de la fuente oficial. Los periodistas que usan estos medios (youtube, facebook, twitter...) para transmitir lo que está ocurriendo a su audiencia deben, más que ejercer como medio que sigue en directo lo que ocurre, como investigador que contrasta esas fuentes que llegan de medios tan diversos y que a veces, como ya hemos visto, con fines oscurantistas y poco éticos.

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